Un viaje con retención
Hola. Mi nombre es….bueno, digamos que para guardar el anonimato, me llamaré Antonio. Un nombre como otro cualquiera y para quien lea este relato, tal vez le recuerde a algún vecino suyo.
Bueno, en esta ocasión les voy a contar algo que me ocurrió hace apenas unos dÃas, justo en plena operación salida de Semana Santa, aquà en España.
Eran las 9:00 de la mañana cuando llegué a la estación de autobuses de Madrid. Ya el dÃa anterior me habÃan dicho que no habrÃa problemas de billete, asà que encontra de mi costumbre de reservar el billete, en esta ocasión no lo hice. Pero claro, la cosa no fue nada bien, al llegar a la taquilla, la señorita (que todo hay que decirlo, estaba para comérsela allà mismo -cómo lo están todas las amables y encantadoras damiselas que contratan para halagar al cliente-), me dijo que no habrÃa billete hasta bien entrada la tarde. Me debió ver desesperado, porque miró un par de veces su pantalla y al final ¡voilá!, encontró un asiento. DebÃa ser en la última fila, pero no me importó (aunque a mà me gusta viajar en la primera fila -para ver el paisaje de la carretera-) y rápidamente le dije que aceptaba aquel asiento.
¡Por fin llegó la hora! Me acerqué a la dársena dónde se suponÃa debÃa coger el autobús, pero aquello estaba repleto de gente. Tuve que mirar varios autobuses hasta que dà con el mio. Subà y me acomodé en mi asiento. Entonces se subió una señora y una muchachita, que se pusieron a mi derecha. Anduvieron para arriba y para abajo con los bolsos de mano, hasta que por fin debieron quedar satisfechas con todo y se sentaron. La muchacha pidió a la madre que querÃa sentarse al lado de la ventana, para poder ver la carretera y los coches. Asà que la madre, accedió a las pretensiones de la niña y se sentó justo a mi lado.
El autobús estaba ya arrancando y a mi me estrañó, que habÃendome dicho que no quedaban billetes, el asiento de mi izquierda estuviera todavÃa vacÃo. Justo entonces pude ver a una mujer que subÃa y venÃa directamente hacia mÃ. Me sonrió y muy amablemente me dijo que el asiento de mi izquierda era el suyo. Mientras el autobús comenzaba ya el viaje ella se dedicó, por momentos, a acomodar su ropa y su bolso en la balda superior. Al irse a sentar y debido al movimiento de salida del autobús, éste dio un pequeño salto y la mujer tropezó y cayó encima mio. Yo no me lo podÃa creer, tenÃa sobre mà a una magnÃfica mujer (debÃa tener unos 32 años, 1,75m, pelo castaño y ondulado, con un bonito cuerpo, una hermosas curvas que harÃan honores a cualquier mujer), y mis manos ya estaban comenzando a hacer de las suyas. Pero excusándome, y percibiendo una agradable pero maliciosa sonrisa, me dijo que no era nada y se acomodó a mi lado.
Pero volvamos a la carretera y dejemos a las bellas mujeres que me rodeaban para más adelante. Para los que sepan lo que es pasar el tunel de Guadarrama, para dirigirse hacia el norte de la penÃnsula, sabrán que desde la estación hasta el tunel, hay que atravesar toda la ciudad y que el trayecto dura unos 45 minutos. Sin embargo, la dichosa manÃa de los españoles de salir todos a la vez, estaba haciendo el recorrido lento y con continuas paradas.
No me quedó más remedio que recostarme en el asiento y esperar a ver si me quedaba dormido y que el trayecto se me hiciera cortito. Debió pasar un rato, pero para mi tan sólo fueron unos instantes, y ya habÃa caido dormido, cuando creÃa sentir que mi compañera de viaje se rozaba más de la cuenta contra mÃ. ¡No sé lo que pasó por mi mente, estaba desorientado! Tan sólo abrà los ojos, la miré y luego miré su mano, que estaba sobre mi paquete, acariciándolo y apretándolo por momentos. Ella tenÃa una sonrisa en sus labios. Yo miré a mi alrededor, para comprobar si alguien se habÃa dado cuenta de lo que estaba haciendo. Para mi tranquilidad, todos los viajeros que nos rodeaban habÃa tomado la misma opción que yo, y se habÃan puesto a dormir. ¡Todos menos uno!
La muchachita de la ventana, debÃa estar observando las maquinaciones de mi compañera de viaje desde hacÃa ya un rato. Yo la miré a la cara y ella, simplemente, sonrió. Entonces fue cuando realmente me fije en ella. TendrÃa unos 15 años, morena, de pelo liso, delgada y tan solo pude observar una pequeña imperfección, tenÃa un diente partido.
Mi compañera, dejó de manipular mi paquete y miró a la muchacha. Ambas se sonrieron. Yo me quedé un poco descolocado. ¡Jamás y digo jamás!, me habÃa pasado una cosa como aquella.
Mi compañera se replegó en sà misma y se dedicó a mirar el paisaje. Fue entonces cuando la muchacha despertó a la madre y la pidió que cambiaran de asiento, ya que desde el que ocupaba, no podÃa ver bien la pelÃcula que estaban poniendo por los televisores del autobús.
Pasada como media hora, yo ya me estaba aburriendo. El resto de viajeros seguÃa durmiendo. El autobús apenas avanzaba. Mi compañera de viaje parecÃa que después de lo que me habÃa hecho, se habÃa olvidado de mÃ, y la muchacha estaba entretenida viendo la pelÃcula.
Sin embargo, estaba equivocado. Mi compañera en un rápido movimiento colocó su mano sobre la mÃa y agarrándomela, la llevó hacÃa el interior de su camisa, que en estos momentos y sin que me hubiera dado cuenta, tenÃa ya unos cuantos botones desabrochados. Introducir mi mano dentro de su camisa fue un acontecimiento único. Asà que para aprovechar la oportunidad, y dejando los prejuicios que pudiera tener ante los actos sexuales en público, decidà entrar al ataque.
El contacto de mis dedos con la lencerÃa que llevaba puesta, fue como la del hielo que entra en contacto con una llama de fuego. Suave, delicada, de encaje. Se ve que mi compañera sabÃa como vestir para seducir o igual, simplemente, le gustaba llevar ese tipo de prendas. El caso es que comencé a deslizar mis dedos por entre sus pechos, lentamente, jugando, acariciando aquel terciopelo. Pasaba de uno de sus pechos al otro, jugaba con ellos, lentamente, suavemente. QuerÃa que sintiera, que disfrutara de cada uno de los momentos. Pero ella, no sólo se dedicaba a disfrutar, todo lo contrario. Desde el momento en que puse la mano en el interior de su pecho, su mano se deslizó entre mis piernas, y con una gran maestrÃa, logró abrirme el mantalón, bajarme la cremallera e introducir su mano, como serpiente en busca de una presa, dentro de mi interior. ¡Era genial!
Todo esto lo hacÃamos lo más cuidadosamente que podÃamos, sin embargo, la muchacha que estaba a mi lado, no perdió detalle de todas estas maniobras. Mientras nosotros nos acaricÃabamos, ella dejó de ver la pelÃcula y pudo observarnos en todo momento, nuestro hacer silencioso. Mi compañera, como querÃendo hacer partÃcipe de nuestro juego a la muchacha, sacó mi pene del caluroso encierro en que se encontraba y lo dejó en libertad, a la mirada cómplice de la joven. Esta no sé si sorprendida o no, ante la osadÃa de mi compañera, ni corta ni perezosa, y mirando a mi compañera, cómo queriéndola pedir permiso, posó su manita en mi muslo. Al principio y como si le diese miedo mi mástil, comenzó con pequeñas caricias, hasta el momento en que quizás apartando la cobardÃa que la oprimÃa, se decidió y sujetó con decisión mi pene. Luego mi compañera, con una sonrisa libidinosa, sujetó mi pene por encima de la mano de la joven, y guiándola, como buena maestra, comenzó un lento, placentero y torturador movimiento de sube y baja. Entre ambas me estaban haciendo subir al cielo. Fueron momentos de deshinibición, de placer conjunto, hasta que no pude aguantar más. Mi compañera presintiendo el momento, colocó su mano para que mi semen, no se alejase ni se desperdiciase. Lo que consiguió es que las manos de ambas, quedasen embadurnadas del precioso lÃquido.
La muchacha se asustó un poco, pero mi compañera la tranquilizó con un suave toque en la mano. Lo que hizo a continuación fue algo que no esperaba. Acercó sus dedos a la boca de la joven y cogió los de la joven y los acercó a la suya, que pronto estuvo presta a deleitarse con tan precioso manjar. Al ver aquello, la muchacha abrió suavemente sus labios y sacando un poco la lengua, comenzó a lamer los dedos de mi compañera, primero lentamente y luego con voracidad. Cuando los dedos de ambas quedaron bien limpios, sólo quedaba néctar sobre mi pene. Mi compañera, con un movimiento casi de equilibrista acercó sus labios hacÃa él y comenzó un nuevo suplicio para mÃ. Cuando hubo acabado con todo el elixir, se irguió nuevamente y mirando a la muchacha, la indicó con la mirada que ahora era su turno. La joven debió entender y tomando todas las precauciones que podÃa, dada su posición, acercó sus labios a mi pene y abrÃendolos, comenzó una fantástica libación. Se notaba que era novata en estos menesteres, pero el trabajo que hizo, fue más propio de una reina que de una obrera. Cuando creyó haber acabado, se irguió y miró a mi compañera (tal vez para conseguir su aprobación), y con una suave sonrisa se volvió y reanudó la visión de la pelÃcula, no sin antes arrastrar mi mano debajo de su hermoso culito.
Mi compañera, me miró y con una enigmática sonrisa en sus ojos, se acercó a mÃ, me beso en los labios y acercándose a mi oido me dijo: “Ha sido fantástico….uhhhmmm….Tal vez…la próxima vez que coincidamos, podamos repetir”. Se recogió, abrochó sus botones, se estiró la camisa y como si nada hubiera sucedido, empezó a leer una de las revistas que traÃa consigo.
¡Estaba alucinado! Sin embargo, todavÃa no habÃa terminado, mi mano derecha seguà jugando. Aunque presionada, y sin apenas libertad, podÃa acariciar aquel joven culito, y con mi dedo (el más juguetón de todos), empecé a prácticar una suave masturbación en el joven conejito de la muchacha. Al poco tiempo, mi labor se vió recompensada cuando ésta súbitamente enrojeció y se quedó como petrificada y pude notar la humedad que emanaba de su juvenil gruta.
Retiré mi mano humedecida, y acercándola a mi labios comencé a devorarla ante los atónitos ojos de la pequeña ninfa. Al acabar, me acerqué a su oido y la dije: “Gracias”, ante lo cual, la pequeña se acercó a mà y me replicó: “No, gracias a tÃ. Hoy he aprendido mucho”, y acercando sus labios a los mÃos me dio un suave beso de despedida.
Por aquel entonces, la pelÃcula estaba a punto de terminar. El resto de viajeros comenzó a despertarse y continuamos nuestro viaje, en un placentero silencio.
Al llegar a nuestro destino, los tres nos miramos, con miradas furtivas, como queriendo confirmar nuestra próxima cita. Y alejándonos, cada uno continuó su camino.
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