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Vas a leer relatos con descripciones de sexo explícito. Si crees que pueden herir tu sensibilidad, no los leas

Patricia

Salía de la fiesta de Navidad de la oficina, cuando fui alcanzado por Patricia, que venía hacia mí en el parqueadero para pedirme que la llevara hasta su casa; no quería conducir su automóvil sola por la ciudad a esas horas. Naturalmente accedí y mientras le ayudaba a subir a mi jeep, alcancé a mirar sus espectaculares piernas. Por el camino me comentamos que a pesar de llevar tanto tiempo en la misma oficina no habíamos tenido tiempo de conocernos lo suficiente. Le contesté que ésta era la oportunidad y me invitó a tomar un trago en su apartamento; en ese momento empecé a sentir el bulto que crecía entre mis piernas.

Llegamos al apartamento de Patricia, un lugar decorado con excelente gusto en un buen sitio de la ciudad; nos servimos un trago de whiskey de doce años y nos sentamos a conversar relajadamente sobre el ambiente de trabajo en nuestra compañía. Después de varios tragos empezamos a besarnos y a acariciarnos con delicadeza. Pronto tuve la inmensa sorpresa de sentir su mano recorriendo la bragueta de mis pantalones. Patricia me abrió los pantalones, tomó mi enorme pene entre sus manos y empezó a besarlo. Primero, tomándose su tiempo, paso su lengua por los lados; luego se llevó la punta a sus labios, moviendo su cabeza lentamente hacia fuera y hacia adentro, mientras su mano me acariciaba las huevas. Sentí la delicia de sus labios y su lengua acariciando mi glande, algo que siempre me ha excitado con desespero. Luego fue introduciendo mi enorme verga dentro de su boca, hasta que logré sentir la pared de su garganta. Y teniéndome así fue moviendo su cabeza cada vez más rápidamente hasta que después de un largo trajín no pude más y solté toda mi carga. Pensé que Patricia se ahogaba con mi semen y sin embargo lo recibió con gusto, pasándose casi todo y chorreando el resto por la comisura sus labios. La besé sintiendo el sabor cálido de mi leche; esto la excitó aún más.

Después de un rato Patricia se desvistió haciéndome un show de la mejor calidad. Lentamente se fue desabotonando la camisa mientras se pasaba la mano por debajo del brassier, deteniéndose a ratos en su pezón, que yo podía ver creciendo en anticipación a lo que estaba por venir. Mientras bailaba insinuándome su excitación, se despojó de camisa y sujetador y finalmente me dejó ver sus bellísimos senos, redondos y firmes. Intenté levantarme del sillón para besar esas delicias pero con su pie me empujo nuevamente hacia mi lugar. Claramente ella estaba a cargo de la situación y su control sólo me enardecía más. Continuó bailando al son de la música, se quitó sus medias de nylon, descubriendo que bajo su corta minifalda no tenía más ropa interior. Su falda dejaba entrever una deliciosa concha, muy bien afeitada y acicalada. Cuando finalmente se quitó la falda admiré su pequeño triángulo negro comenzando justa arriba de su delicioso clítoris.

Completamente desnuda y después de haberme dejado admirar su exquisito cuerpo, me insinuó sus bellos labios prohibidos para que los besara. Comencé a besar su intimidad y rápidamente puse su clítoris entre mis labios. Patricia gemía mientras yo chupaba con cariño y delicadeza al tiempo que metía primero uno, y después dos dedos en su túnel de amor. No demoró mucho en venirse dando alaridos de placer mientras yo recibía con mi lengua sus deliciosos jugos.

Ya estaba yo nuevamente con una enorme erección y empecé a recorrerla con mis manos hasta llegar a su suculento culo: era firme, redondo y parado. Senté a Patricia boca abajo sobre el amplio brazo del sillón, tomé cada mejilla con una mano y empecé a recorrer su hueco prohibido con mi lengua. Patricia protestó con placer y me contó que nunca había experimentado con sexo anal, y que, siempre y cuando no la penetrara, le gustaría experimentar esa nueva sensación. Me confesó que le tenía pavor al dolor que le podía causar si se la metía por detrás, aun cuando yo le había explicado que no necesariamente sería así. Busqué un frasco de vaselina que había visto en su baño y después de haberme untado el dedo, empecé a frotar su huequito con delicadeza. Al oír sus leves quejidos de amor supe que ella disfrutaría lo que estaba por venir. Tomé una buena cantidad de vaselina y lentamente fui metiéndole el dedo aceitado por el culo, sintiendo la deliciosa estrechez; ella fue relajándose hasta que pude metérselo todo. Se sorprendió cuando sintió la punta de mi verga presionándole el la entrada al ano y me rogó que no lo hiciera. A pesar de su advertencia la penetré y oí con placer su gritó de dolor cuando logré introducir una pequeña parte de mi erección. Me suplicó que le sacara mi verga e intentó zafarse, pero estaba sentada de forma tal que no podía moverse y yo no tenía ninguna intención de privarla del placer que estaba por venir. Con delicadeza empecé a metérselo y sacárselo hasta que logre oír el cambio de sus quejidos de dolor a placer. Ya en ese momento tenía toda mi enorme verga dentro de ella y los movimientos que lentamente hacía, solo subían el tono de sus quejas amorosas hasta llegar a gritos de placer. Oí su voz jadeante diciéndome que se venía, por lo que aumenté la intensidad de mis embates hasta sentir que, casi desgarrándose, Patricia tenía un largo orgasmo en continuos espasmos de placer. Nuevamente me vine con una fuerza inusitada mientras sentía las paredes de su cavidad contraerse alrededor de mi pene.

Todavía jadeante y aun con el dolor que tenía entre sus piernas, Patricia se logró parar y me soltó una durísima bofetada por no haber parado cuando me lo pidió. Inmediatamente su rostro cambió y me dijo que nunca había experimentado un orgasmo como ese. A la mañana siguiente, mientras bebíamos un café, me pidió que repitiéramos nuestros encuentros. Desde esa Navidad, Patricia y yo tratamos de vernos por lo menos una vez al mes para experimentar nuevas sensaciones.



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